Miriam Vallejano/La Réplica
La reforma electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum no alcanzó la mayoría calificada en la Cámara de Diputados. Con 259 votos a favor, la iniciativa se quedó a 81 votos de las dos terceras partes necesarias para modificar la Constitución.
La oposición cerró filas y frenó el avance legislativo. PRI, PAN, Movimiento Ciudadano y otros partidos que en distintos momentos han coincidido con el oficialismo esta vez actuaron como bloque para cercar la propuesta.
El debate convirtió al Palacio Legislativo de San Lázaro en un verdadero ring político. De un lado, quienes defendían la reforma con el argumento de reducir el financiamiento público a los partidos y modificar el sistema de representación; del otro, quienes advirtieron riesgos para el equilibrio político y electoral.
En medio de esa confrontación quedó claro que la aritmética parlamentaria es tan importante como el discurso político.
Tamaulipas reflejó esa polarización con precisión quirúrgica: de sus 12 diputados federales, seis votaron a favor y seis en contra. Un empate técnico que retrata la división política que vive el país.
Aunque la presidenta aseguró que el freno a la iniciativa no representa una derrota, el resultado sí deja una lectura política inevitable: faltó cabildeo.
Las mayorías legislativas no se construyen sólo con aliados formales ni con disciplina partidista. Se construyen con negociación, acuerdos y concesiones. Y en esta ocasión, Morena no logró tender los puentes suficientes.
Tal vez no sea una derrota para el gobierno federal. Pero sí es un mensaje claro del Congreso: incluso con mayoría, ninguna reforma está garantizada.
Porque en política —como suele recordarse cada vez que falla una votación clave— las alianzas duran lo que dura el interés.













